“Comienzo a entender”, las palabras del salto a la Fe

         Corría mayo de 1926. En lo que era una típica y normal reunión de los profesores de la Facultad de Inglés de la Universidad de Oxford, estaba el Profesor titular de la Cátedra de Anglosajón, conversando con sus pares en una esquina del salón. El nombre del docente era John, y teniendo nada más 34 años, ya llevaba poco más de una temporada designado en tal cargo, lo cual rompía con los estándares ingleses sobre la edad de las personas que lideraban una cátedra. Una muestra de que era una persona llamada a grandes cosas.

         Mientras conversaba y explicaba cuestiones filológicas del idioma inglés, algo que a él lo entretenía apasionadamente (para desgracia de los que lo oían en aquel momento), en lo que se encaminaba a ser una sesión más de las tantas, llegó la sorpresa. Se abrió la puerta y entró el nuevo miembro del cuerpo de profesores, un joven profesor que acababa de ser nombrado Tutor de Lengua y Literatura Inglesas en el Magdalen College. Su nombre era Clive.

         Al ver a otro profesor joven sumarse al equipo docente, la primera reacción de John fue de alegría,. Pero a medida que fuera averiguando el origen académico y los gustos del nuevo integrante, su aspecto iría cambiando: podría tratarse de una competencia en cuestiones futuras, ya que ambos compartían la pasión por lo medieval. Además, el muchacho Clive había estudiado literatura, casi un clásico rival de los filólogos como él.

         Después de pasados unos veinte minutos, se presentaron mutuamente. Se dieron la mano de forma fría y rápida. El rostro en el saludo y el recelo de John sería algo difícil de olvidar para la reciente incorporación, al menos por un buen tiempo. Días después escribiría Clive en su diario personal: “es un tipo suave, pálido, locuaz. No parece peligroso; a lo sumo necesitará uno o dos golpes”.

         Pero el tiempo fue pasando, y lo que era una férrea competencia se fue transformando en una creciente amistad y en una oportunidad constante de enriquecimiento mutuo. Descubrieron también que ambos compartían un especial gusto por los mitos y las leyendas, lo que hizo aún más entretenida la cuestión para ellos dos.

         Se juntaban mínimo una vez por semana entre ellos dos y con algunos profesores cercanos más, para conversar sobre esos temas. Algo que se hizo más formal cuando John hizo un club de lectura de sagas irlandesas, a lo que Clive también se unió con mucho gusto.

         Pero había una cuestión, una gran diferencia entre estos dos jóvenes docentes: su concepción sobre el mito y cómo este estaba ligado intrínsecamente al cristianismo; lo cual traería intensos y largos debates.

         Clive sostenía que los mitos en realidad eran mentiras contadas de una linda forma, relatos que nada tenían que ver con la verdad y el conocimiento, pero atractivos porque eran contadas con “trompetas de plata”. Y que la historia de Cristo era un mito más, tan falsa como la de Loki y los dioses de otras mitologías.

John opinaba justamente lo contrario. Había verdades que solo podían contarse a través de los mitos, por lo que no podían tratarse de mentiras. Y que la historia de Cristo era justamente el Mito Mayor, el lugar donde se fusionan la disciplina histórica con las leyendas. Era el cuento central, en el que estaban inmersos todos los seres humanos, la trama de la redención de los hombres.

         Un 19 de septiembre de 1931, se juntaron una vez más John y Clive en la oficina de este último. En aquella ocasión se había sumado un tal Hugo Dyson, amigo de los dos. Luego de cenar salieron a caminar por el sendero que iba por el costado del río, que quedaba cerca de donde estaban.

         Allí nuevamente se encendió el debate. Hablaron de los mitos en general, pero las diferencias parecían irremediables. No había puntos de acuerdo entre Clive y John. Este último contaba con el apoyo de Dyson.

         Y, para colmo de males, el tema de conversación fue encaminado hacia el análisis de la veracidad de la historia de Cristo. Todo apuntaba a una acalorada discusión, estando ya de vuelta en la oficina y siendo ya las 2.30 am.

         Clive no dejaba de interrogar: “¿Cómo podía haber «salvado al mundo la vida, muerte y resurrección» de Jesús? ¿Cómo podía el sacrificio de un hombre de hace tanto tiempo ayudarnos en este momento?” Todas cuestiones centrales para el hombre de fe a las que él no veía sentido alguno.

         Ahí el joven John se levantó de su silla y se quedó de pie mientras explicaba: “La historia de Jesucristo es una clase de mito, es el Mito con mayúsculas en el cual nosotros estamos también inmersos. Es la historia de Dios que para salvarnos vino al mundo, para vivir, morir y resucitar, abriendo así las puertas a la Tierra Prometida, un lugar donde estará todo hecho de nuevo, pero en el que no habrá mentira. La diferencia entre el cristianismo y todos los mitos paganos es que este Dios que muere entró verdaderamente en la historia, vivió una vida real y sufrió una muerte real.”.

         Ahí Clive, que buscaba argumentos para oponerse a lo que decía su amigo, sintió por dentro que algo había cedido. Una barrera se había derribado porque había empezado a comprender a qué se refería John en sus palabras.

         Totalmente pasivo, y con una cara desconcertada, dijo el joven ateo: “Comienzo a entender”.

         Viendo John Tolkien que ya eran las 3:00 am, buscó su abrigo, saludó y se retiró de lo que se había transformado en una jornada nocturna especial. Se fue meditando profundamente las últimas palabras de su amigo.

         Clive Lewis se quedó con Dyson hasta las 4:00 am, hora a la que cada uno se retiró a su domicilio. 

Esa noche el joven ateo casi no pudo dormir de la nueva sensación que se había apoderado de su cuerpo. Acababa de caer la gran muralla intelectual para acceder a la fe. Al día siguiente, antes de ir a trabajar en el turno mañana, le escribiría a su amigo Arthur Greeves: “Acabo de pasar a creer en Dios, a creer definitivamente en Cristo, en el cristianismo. Trataré de explicar esto en otra ocasión. Mi larga charla nocturna con Dyson y Tolkien ha tenido bastante que ver con ello”.

         Las consecuencias de aquella noche cambiarían la vida de millones de personas. Lewis se convirtió y empezó con la escritura de ensayos y de cuentos que lo llevaría a lograr la inmortalidad en los campos de la apologética y de la literatura. En 1951 publicaría su obra más célebre, “Las crónicas de Narnia: el león, la bruja y el ropero”, que cautivaría a millones de niños y jóvenes, para transformarse en uno de los clásicos de la literatura fantástica.

         Y para Tolkien también habría importantes consecuencias por lo ocurrido en aquel famoso debate. Por eterno agradecimiento y amistad, Lewis apoyaría y animaría durante más de diez largos años a escribir lo que era para John solo un hobbie personal. Una historia que se publicaría entre 1954 y 1955, titulada “El Señor de los Anillos”, sin saber que esos libros lo convertirían en el autor más vendido del Siglo XX.

         Más tarde escribiría John que la sensación que compartió con Clive, al que le decía en realidad “Jack”, era de “una constante deuda mutua”.

         Una amistad que cambió la historia, dos personas que iluminaron lo que fue, en muchos aspectos, un trágico siglo marcado por las guerras mundiales y el surgimiento de los existencialismos, de nuevos relativismos, y del nihilismo.

         Un ejemplo de lo que puede llegar a hacer el apostolado con la persona que está a nuestro lado: no solo cambiamos su vida si logramos hacerlos acceder a la fe, también por tanto cambia la nuestra, hasta límites inimaginables. 

         A pocos días de haberse cumplido 90 años de esa histórica noche de debate, este es el humilde homenaje del Sr. Bombadil, a estos dos genios, que cambiaron la vida de millones de almas, incluyendo la mía.

Atentamente, el Sr. Bombadil

Bibliografía:

CARPENTER, Humphrey . JRR Tolkien: Una Biografía. Minotauro. Barcelona. 2002
LOCONTE, Joseph. Un hobbit, un armario y una gran guerra: Cómo J.R.R. Tolkien y C. S. Lewis redescubrieron la fe, la amistad y el heroísmo en el cataclismo de 1914-1918. Larrad Ediciones. Madrid. 2018

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