Una cura para el ego: el sentido del dolor

Hay una experiencia real y profunda que Dios permite para despojarnos de falsedades y liberarnos de espejismos. Es una experiencia quizá de desierto, tal como vivió el pueblo judío, los santos en su camino espiritual, el mismo Cristo. Incluso una experiencia desgarrante, intensa, que a veces parece insoportable. Una experiencia de la que muchos han querido y pretenden en vano escapar. Una experiencia que es, en verdad, purificación. Una realidad que Cristo atravesó y venció para ofrecernos la Resurrección. 

Me refiero a la realidad del dolor humano. No sólo a las pequeñas contrariedades diarias, no a los dolores que nos inventamos tantas veces al victimizarnos, sino al dolor real, concreto, y por ello, aunque duro, sereno.

Dolor que las filosofías-religiones orientales pretenden eludir a fuerza de evitar todo deseo, de vaciar al hombre de anhelos. Dolor que los hedonistas temen, llenándose de ansiedades e inquietudes en búsqueda constante y vertiginosa de placeres momentáneos e insuficientes; para sentirse después más vacíos.

Dolor que, en cambio, Jesús aceptó, vivió profundamente y venció. Dolor que no nos quita, dolor que sufre con nosotros, pues abrazándolo con Él se torna fuente de Salvación. 

En este tiempo de alegría que es la Pascua, recordar cómo llegamos a ella nos permite, muchas veces, vivirla con más hondura. Agradecer mejor y pedirla para el mundo, ofreciéndo también nosotros nuestra cruz.

No conozco tu vida, amigo lector, pero si estás pasando por un momento así, te comparto algunas palabras que contienen honda verdad y por ello, consuelo; y te propongo verlo también en contexto para que descubras todo el Bien que Dios nos procura, a nosotros y a los demás, al atravesar estos cortos o largos senderos.

Al menos esa ha sido mi experiencia. Incluso fue providencialmente que, tal como Dios alimentó a su pueblo en medio del éxodo, permitió que durante ese tiempo llegaran a mis manos consuelos en forma de libros. Dios, así, me dio sus respuestas, su alimento, me descubrió el sentido del dolor por boca de grandes sabios, entre ellos, mi querido Gilbert Keith Chesterton con una cita que ha llegado a serme entrañable: 

“Hay que buscar la verdad auténtica, objetiva y experimentalmente comprobada. No hay más cura para estas pesadillas humanas de omnisciencia que la confrontación con el dolor; eso es lo que el hombre realmente no domina; el hombre ha de encontrarse en algún lugar del que no pueda escapar para darse cuenta de que todas las cosas no vienen en realidad de sí mismo.” (Chesterton, G.K, 2006, p.171)

Por supuesto que no refiere a buscar el sufrimiento a propósito, sino justamente a vivir el dolor que está ahí, que no elegimos, que se presenta porque es parte de la vida, de una vida herida por el pecado original. Dolor que no podemos evitar, que saltará algunas veces sobre nosotros. Aquél que Dios permite para que al tocar nuestro fondo pueda sacarnos de nosotros mismos. ¡Y qué liberador es salir de uno mismo, salir hacia Dios! 

El dolor, el sufrimiento, adquiere todo su sentido en Cristo. Vivido de su mano – y realmente Él nos da su mano, es decir, su Gracia- se vuelve fuente de gozo. Sí, en el mismo dolor se encuentra el gozo y la alegría. Y justamente porque no está en nosotros la salida. La salida no viene de nosotros, ni del mucho saber, ni del mucho hacer; la salida está en pedir y recibir.

Nuestra cultura, aún con sus oportunidades, se encuentra en la peor de las posiciones. Desde la Modernidad el hombre se encerró en su Ego para gritar, en nuestra época: ¡Dios ha muerto! 

Nuestra sociedad, diría una Profesora muy querida: “Sufre. Caminan los hombres como degollados, pero ni siquiera se dan cuenta”. Muchas veces quienes nos rodean y quizá, nosotros mismos, no reconocemos el dolor, ni siquiera el dolor más agudo de vivir sin la presencia de Dios; asumimos los síntomas como condición humana necesaria y sin salvación, como un insuperable fatalismo. Como “una pasión inútil”, en palabras de Sartre, el ateo radical.

Lo que, muchas veces, nuestra cultura nos impide ver, porque sus “arquitectos” no ven o prefieren no ver, es que aceptar los límites humanos, la realidad humana, no es una pérdida, no es una resignada desesperanza, es condición para abrirnos a Dios.

Es desde la soberbia que se entiende al límite como negación. Mientras que, en la humildad, el límite es fuente de felicidad; libera de omnipotencias (de querer tener todo bajo control), da serenidad y paz, abre al buen humor…

En  “El Poeta y los Lunáticos”, Chesterton, hace hablar al protagonista, el poeta Gabriel Gale, con otro personaje. En esta novela, a la que corresponde la cita anterior, el poeta se enfrenta con una serie de crímenes que son oportunidad para que la pluma de nuestro autor escriba maravillas. El diálogo comenzaba así:

“-Siempre lo he tenido a usted por un idealista –terminó Garth.

-Bueno –dijo Gale-, yo empleo el término idealista en un sentido filosófico. Y al hacerlo hablo de los verdaderos escépticos, que son los que dudan de la materia, de la mente de los demás y de todo en general, menos de su ego personal. Yo también he pasado por eso, como he pasado por casi todas las formas de la imbecilidad infernal. Y acaso sea esta la única utilidad que tengo en el mundo: que he pertenecido a todas las especies de imbecilidad. No obstante, créame cuando le digo que la más miserable y despreciable especies de idiota es la del que cree haberlo creado todo y contenerlo todo. Amigo mío, el hombre es un ser viviente; toda su felicidad consiste en esto, tan simple; convertirse en un chiquillo, como lo manda la Voz Suprema. Todo su goce consiste en recibir un regalo que él, en su condición de chiquillo ilusionado, valora en la mayor de las medidas porque es una sorpresa. Pero una sorpresa impropia, en tanto que procede de nuestro exterior y es digna de gratitud por cuanto nos llega de alguien ajeno a nosotros mismos.

Yo llegué a soñar que había soñado toda la creación. Sentí que me habían sido regaladas las estrellas y me entregué por ello al sol y a la luna. Soñé que había estado detrás de todo, al principio de todas las cosa, y que sin mi nada de lo que había sido creado podría haber existido. Quien se ha sentido en el centro del cosmos sabe que es como hallarse en el infierno. Eso sólo se cura de una manera. Ya sé que han sido muchos los que han escrito desde la más remota antigüedad acerca del origen del mal y del dolor en el mundo, pero Dios nos prohíbe abundar en esa cháchara de jaula de monos tan propia de los moralistas. (…)

No hay más cura para estas pesadillas humanas de omnisciencia que la confrontación con el dolor.”(Chesterton, G.K., 2006, Pp. 170-171)

El infierno, dice Chesterton, es encerrarse en el propio ego, pretender que allí se encontrará todo lo que colme el corazón humano. Es el dolor el que nos descubre nuestro límite, la incapacidad de autosuficiencia. Es el dolor aceptado y abierto a Cristo, entonces, la posibilidad de curar, de purificar, también hoy, ese idealismo que se ciñe en la cultura, que nos cierra a la realidad, que confunde con espejismos. 

Chesterton, fiel a todo su pensamiento, muestra el camino, la luz que se encuentra al atravesar el dolor. Su sentido. Se trata de descubrir nuestra realidad de niños, niños ilusionados que no pretenden saberlo, contenerlo, agotarlo, dominarlo todo, sino que viven en la gratitud por haberlo recibido todo gratuitamente. Que se sienten serenos porque todo lo reciben cada vez y como una sorpresa. Porque se reconocen creaturas reposantes y confiadas en su Creador Providente. No ha sido otra la experiencia de los grandes sabios y santos. 

 En palabras de Romano Guardini: “Ese es el principio y fin de toda la sabiduría. La renuncia a la soberbia. La fidelidad a lo real.” (Guardini, R., 1960, p. 27)

Lady Innocent

BIBLIOGRAFÍA:

Chesterton, G.K. (2006). El poeta y los lunáticos. Madrid: El club de Diógenes, Valdemar.

Guardini, R. (1960). La aceptación de sí mismo, las edades de la vida. Buenos Aires: Lumen.

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Una respuesta

  1. Hadhara dice:

    Qué maravilla de artículo! Salvici doloris!

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