Sobre San José de Calasanz

El año 1557 fue una bendición. Una bendición para los niños, una bendición para las escuelas y parroquias, una bendición para las familias, una bendición para los jóvenes, una bendición, en general, para la Iglesia.

La pregunta es: ¿Por qué ese año? Porque llegaría el santo de los niños. Llegaría el santo viejo. Llegaría, en una familia noble y honrada, José de Calasanz. Vendría al mundo en un pueblo pequeño y familiar llamado Peralta de la Sal.

¡Y cuanto agradecemos al Señor por la vida de aquel santo!

En una ciudad como Roma, que se esquivaba a los niños pobres, a los niños ignorantes y mal educados, a los vándalos y terribles, este santo que estaba de paso en busca de un alto cargo, los eligió.

Llegaba a Roma tras años de estudio en Estadilla, Lérida, Valencia y Alcalá entre otros, para solo buscar un papel que le permitiría permanecer en un alto puesto; pero ante el susurro de Dios: “Mira José, mira” y la voz del espíritu que permanecía en su corazón como un temblor, decidió cambiar su visión y a ellos, los niños más pobres, se abajó.

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