Lo Heroico y lo Difícil: “Un Fin Digno de una Canción”

“-El fin no está lejano –dijo el rey-. Pero yo no acabaré aquí mis días, capturado como un viejo tejón en una trampa (…) ¿Cabalgarás conmigo, tú, hijo de Arathorn? Quizá nos abramos paso, o tengamos un fin digno de una canción… si queda alguien para cantar nuestras hazañas.”

(Tolkien, 2002)

“¿Qué es lo más pesado, héroe?” exclamaba Friedrich Nietzsche con cierto dejo de sorna (Nietzsche, 2005) hacia el paradigma del mártir cristiano que, ante la promesa del gozo eterno, disponía su corazón para soportar las cargas más arduas, las más difíciles… las más ilusas. Puros espejismos baratos que no hacen sino aprisionar la vida. ¡La vida! La constante preocupación de Nietzsche. La vida, dirá Nietzsche, es enjaulada por los valores morales, que nos mandan hasta… ¡dar esa vida por caridad! Y se escandaliza, patalea, se ríe y, tomando también al cientificismo y progresismo perverso del liberalismo, los mete junto a los valores del mártir en la misma bolsa y los desecha de la faz de la historia. Los valores han muerto. Dios ha muerto. Ahora dispongámonos a no reprimir a la vida. Ejerzamos nuestra voluntad, nuestra fuerza, no sacrifiquemos más la vida. Y entreguemos nuestro corazón a… el superhombre. Otro iluso paradigma.

No se alarmen. No vengo a divagarles de estas filosofías de bolsillo que, aunque interesantes en cierto modo, no dejan de ser un humo andante. No. Pero gracias a Nietzsche, podemos introducirnos en el tema de este nuevo artículo.

Un sentido de urgencia:

Publicidad de “Player´s Navy Cut”

Un verano de 1954, J. R. R. Tolkien publicaba, bajo la editorial Allen & Unwin, “La Comunidad del Anillo”. Dos meses después le seguiría “Las Dos torres”, para concluir en octubre de 1955 con “El Retorno del Rey”. La saga estaba concluida. “El Señor de los Anillos” había llegado para dar un nuevo inicio a la literatura fantástica. No obstante, es interesante notar el contexto en que el profesor publica su aclamada trilogía. Europa aún se encontraba reponiéndose de la Segunda Guerra Mundial, bajo un aura de desconcierto y desamparo. Por un lado, empezaban a tener lugar nuevas revoluciones de izquierda (China en el ´49 y Cuba con el golpe fallido del ’53), y por otro lado, Estados Unidos poco a poco iba conformándose en una cultura de consumo, ídolos de rock, y liberty. Dos polos. Dos atentados. Por un lado, la guerrilla marxista iba carcomiendo y desfigurando la imagen del héroe (hasta el punto de que el Che Guevara se convirtió en referente de heroísmo para las sociedades latinoamericanas de hoy). Por otro, el liberalismo consumista norteamericano, que forjaba a sus ciudadanos en la comodidad y el entretenimiento, iba enterrando el espíritu de sacrificio, de lo difícil. Sin ir más lejos, las publicidades de la marca de cigarros Player’s Navy Cut en los ’50 rezaban: “Para completar el placer…”.

Póster de Fidel Castro

En medio de ese panorama, Tolkien publica “El Señor de los Anillos”. Si es verdad que dedicó doce años a la redacción de la obra. Mas no podemos no considerar dos cosas: Primero, que la decadencia a la que se encaminaba el mundo era algo ya predicho y esperable desde el siglo XIX. ¿Habrá percibido el profesor tal etapa de oscuridad, que lo motivó a escribir su obra? En ese caso, podemos apostar que, como diría Antoine de Saint-Exupéry, a Tolkien lo invadió un “sentido de la urgencia”. La urgencia de ver cómo poco a poco se sepultaba lo heroico y lo difícil. Segundo: en caso de no haber sido así, habrá que concebir su publicación como un hecho sumamente providencial (¡suma e irónicamente providencial!). ¡Espléndido entonces! En ese sentido, la trilogía adoptaba así un propósito mucho más contundente.

“Lo heroico”. Aquello que impulsaba al hombre a los sentimientos más puros, a la grandeza del alma, y en conjunto, a la excelencia de los actos. “Lo difícil” es cuando el hombre se hace dueño de sí mismo, y sacrifica su bienestar y ocio, en vistas a un fin noble. Poco a poco, el siglo XX iba enterrando lo que en verdad importaba. Y lo logró. O al menos, eso cree…

John Ronald Tolkien, Schriftsteller und
Philosoph (England), Toronto CANADA

Un nuevo llamado a la Aventura:

Cual rayo que atraviesa el firmamento, iluminando la oscura noche; cual Peregrino Gris que ruge “¡No pasarás!” frente al Balrog diabólico, el profesor revelaba su trilogía. No digo que Tolkien haya sido el primero, ni tampoco fue el último, pero sin duda, fue uno de los mejores.

Mientras el mundo renegaba de los valores, al mismo tiempo iba siendo regado lentamente por una nueva historia. ¡Y vaya historia! La de un puñado de personajes que se comprometían a una arriesgada y ardua empresa, sacrificando la comodidad de sus casas y renunciando a sí mismos. ¡Cosa rara, muy rara! En plena desentonación con el espíritu moderno, resonaba otro llamado a la aventura.

Una aventura, a groso modo, podemos dividirla en cuatro momentos:

“Jesús tomó a Pedro, a Santiago, y a su hermano Juan…” (Marcos 9, 2). Toda aventura comienza con un llamado. Directa o indirectamente. Y aunque se cree que la decisión de comenzar es por cuenta propia, “los protagonistas siempre tenían los caminos trazados” (Tolkien, 2002). En última instancia, hay una vocación.

“…y los llevó a ellos solos a un monte elevado.” (Marcos 9, 2). Luego tenemos la historia, la aventura en sí. Es ardua, áspera, insospechada. Difícil. Como la ascensión de un elevado monte. Las piernas se cansan, el sudor riega las piedras, y el sufrimiento parece no terminar más. Se sacrifican cosas, se pierden amigos, y por momentos parece no tener sentido.

“Maestro, ¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas…” (Marcos 9, 5). Como toda montaña, tiene su cumbre. La consumación de la misión. Lo relaciono con el bienestar que invade el alma en un campamento. Uno llega a la cumbre, jadeante, pero con el pecho inflado de santo orgullo de haber superado el más agotador de sus viajes. Y es ahí, arriba, cuando uno es en realidad no solo espectador, sino partícipe del gozo del heroísmo. No puede evitar decir, al igual que Pedro: ¡qué bien estamos aquí! Y levantar campamento.

“Mientras bajaban del monte…” (Marcos 9, 9). “Bajar del monte”, en la forma que queremos darle, no es sino “volver a la sociedad”. Pero cuando ya se ha experimentado la gloria de la aventura, volver es, en fin, otra nueva misión. Es regresar no a la comodidad, sino a transmitir a los demás lo vivido. Es convertirse en canción, en historia. “Me pregunto sin embargo si algún día apareceremos en las canciones y leyendas” se pregunta Sam (Tolkien, 2002). Solo los que llevan a cabo hazañas dignas de ser recordadas, podrán ser protagonistas de las mejores historias. Historias que inspirarán a todo un tiempo que ha olvidado lo que es “lo heroico”.

El fin digno de una canción:

Quería dedicar este artículo a los más jóvenes. Las principales víctimas de estos días. Parece que la juventud actual no tiene más caminos que la militancia del odio, o la búsqueda del placer. “¿Qué es lo más pesado, héroes?”. La frase sarcástica de Nietzsche resuena en el tiempo. Mas, como bien dijo Paul Claudel: “La juventud no fue hecha para el placer, sino para el heroísmo”. 

Este secreto, esta máxima eterna, es lo que quiso recuperar esa saga en la década de 1950. Más finales dignos de canciones. El final digno es el que ha abrazado lo heroico y lo difícil en una gesta que aspira la santificación, tanto de cada uno como la de los que escuchen nuestras historias. Son las leyendas, las anécdotas que sirven para despertar a un mundo que se muere entre las cosas pequeñas. ¡La vida! Eso que Nietzsche tanto exalta, ¡no está sino para sacrificarla en las grandes empresas! Vida que no sirve… no vale.

Tolkien, Lewis, Chesterton, De Saint-Exupéry. Todos ellos, impulsados por un sentido de urgencia, dedican su obra al rescate del espíritu aventurero. Nos narraron, justamente, los finales más dignos, que no eran sino los que necesitábamos. Y ahora que lo sabemos, no menospreciemos esa herencia. Y procuremos un final digno de una gran historia. Que nuestra vida sea ejemplo de grandeza.

“Aprenderán también a ser jóvenes eternos, cargados de emociones, afanes y sueños de grandeza que engendrarán en el alma un fuego juvenil, ilusionado y permanente.

Y así serán Señores, paradigmas de otros Príncipes y futuros Reyes.

Y sus vidas inspirarán a poetas y juglares.

Y los sabios guardarán sus pensamientos.

Y sus hijos escucharán de sus hazañas.

Y algún día vendrán quienes dirán que los jóvenes no pueden hacer esto. Y los jóvenes simplemente avasallarán, sin prisa, pero sin pausa, en la conquista de la propia dignidad, para alcanzar su destino, para ejercer su misión.”

(P. Guillermo Varela)

Bibliografía:

  • TOLKIEN, J. R. R., “El Señor de los Anillos: Las Dos Torres”, Editorial Minotauro. Buenos Aires, 2002.
  • NIETZSCHE, Friedrich, “Así Habló Zaratustra”, Editorial Gradifco. Buenos Aires, 2005.
  • FERRO, Jorge N., “Leyendo a Tolkien”, Editorial Vórtice. Buenos Aires, 2012.
  • VARELA, P. Guillermo, “Acampando”, Príncipe Ediciones. Buenos Aires, 2008.

Un comentario

  1. Buenas Tardes.

    Hace tiempo me encontré con una frase en Ig que había llamado mi atención. Luego apareció una publicación, en donde los valores y el honor eran los actores principales. Me invitaron a seguir la pagina y hoy me encuentro leyendo sus escritos.
    Que placer leerlos y sentir, que aún existen aquellos defensores de lo honorable.
    Gracias por eso, hermosa nota.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *