Camino de la eternidad

Si pusieran claramente
el camino frente a mí,
aquel que lleva a la virtud
 y a la grandeza;
si me dijeran claramente
cuál es la montaña que debo escalar,
 aquella que conduce
a lo más alto de la gracia,
 si me señalaran claramente
cuáles son las virtudes
que debo cultivar
 para ser aquel
que siempre he querido ser,
 para ser aquel
cuyas potencias en mí duermen,
como talentos enterrados;
si me mostraran claramente
cuál es la gran guerra
que debo pelear,
aquella que me ha de herir,
como la historia de una vida ya transcurrida,
entonces, aún con el dolor y la duda,
me encaminaría,
feliz y satisfecho, decidido
a dar hasta la última gota de vida
por llevar a cabo esa empresa,
por correr hasta el final esa carrera,
tan mía como mis piernas,
y mis brazos,
y mis manos,
tan propia como mi rostro,
y mi nombre.
Y no alcanzo a preguntármelo,
y siento, mi buen Señor,
que me respondes, claramente,
al oído, a mi oído:

 “Sígueme”

Juan Federico Wirth

 “Ahora, pequeña –indicó Aslan-. Esperaré aquí. Ve y despierta a los demás y diles que me sigan. Si ellos no quieren, por lo menos deberás seguirme tú sola.”

C.S. Lewis, 2003, pp 153

 Hace tiempo que vengo rumiando la siguiente idea: al leer historias de grandes héroes, de gestas impensadas, de aventuras llenas de peligro y de dolor, uno no puede evitar darse cuenta de que, si desde el principio hubieran sabido que al final iban a triunfar, muy probablemente a los grandes héroes les habría resultado mucho más fácil dar ese primer paso, el que los sacó de su sillón y de su casa y los llevó hacia tantas penurias y esfuerzos, pero también hacia la gloriosa victoria final. En palabras del profesor Tolkien, a través de su querido Sam Gamyi:

Pero henos aquí, igual que en las grandes historias, señor Frodo, las que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes peligros. Ésas de las que no quieres saber el final, porque ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido? Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba, para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aun cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Pero creo, señor Frodo, que ya lo entiendo. Ahora lo entiendo. Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen: siguen adelante, porque todos luchan por algo.

El Señor de los Anillos: Las dos torres, 2002

 Creo que algo parecido pasa en nuestras propias almas (o al menos en la mía): ante la inevitable decisión difícil, ante aquello que parece poner en peligro todo el esquema que hemos orquestado para permitirnos comodidad y predictibilidad en nuestro día a día (en otras palabras: ante las decisiones verdaderamente importantes), la incertidumbre cobra una fuerza hercúlea y nos susurra, sin descanso y de manera ensordecedora: “¡Lo vas a perder todo! Mejor quédate quieto, que las cosas no están tan mal”. Y aquí se nos presenta, de manera irónica y dolorosa, este pensamiento o tentación: “si supiera que esta prueba va a llevarme a algo mucho mejor, no dudaría un segundo, aunque acarreara consigo todos los dolores, porque sabría que esos dolores son pasajeros, y que el bien va a terminar prevaleciendo, no sólo en la historia en general, sino en mi propia vida”. Es entonces cuando pedimos certezas, cuando pedimos conocimiento de todo lo que ha de pasarnos, como si no se nos hubiera indicado que lo único que realmente importa es que confiemos, y que caminemos. Y el miedo, amargo fruto de la incertidumbre y herramienta poderosa del Enemigo, puede así inmovilizarnos, atraparnos en el lugar en el que estamos en nuestra vida. Peor aún: dado que le permitamos ganar esa fuerza, puede lograr que nos acomodemos en nuestra circunstancia, temerosos de perder lo que creemos tener, y –Dios no lo permita- que nunca lleguemos al esplendor de la santidad que nuestro Señor tiene preparada para nosotros desde la eternidad. Ese es precisamente el objetivo de nuestro enemigo: que no se encienda en fuego nuestro corazón, que no confiemos como debemos en nuestro Padre, no vaya a ser que, de tan encendido y de tan confiado, contagie a nuestros hermanos y, por gracia de Dios, realicemos aquella santidad que guardamos en potencia.

 Pero tan grande es nuestro Señor que, conociendo nuestra debilidad y nuestra dificultad para confiar, la tuvo en cuenta y nos dio un remedio para ella. Tan grande es, que decidió que el camino que habríamos de recorrer, muchas veces difícil y muchas veces doloroso, fuera también radiante y hermoso, si lo recorremos de su mano. No sólo eso: se encargó de venir Él mismo a la tierra, tomar nuestra misma carne y de recorrer el más difícil de los caminos, uno mucho más difícil que el que nos pueda llegar a encomendar a nosotros, mostrándonos así, de la única manera que podíamos entenderlo, que no hay ninguna victoria imposible con Su fuerza en nuestros brazos. Se encargó de decirnos, una y otra vez, aquello que tan hondamente necesitábamos escuchar: “Sígueme, porque yo soy el Camino. No tengas miedo: conmigo, vas a llegar al Buen puerto”. Nadie más, de ninguna cultura o situación económica o política, puede decir semejante maravilla: se nos ha prometido, con pruebas de muerte y resurrección, que al final triunfaremos. 

 Poco espacio queda entonces, si tomamos en serio las palabras y la vida de nuestro Señor, para dudar sobre el desenlace que nos espera al cierre de nuestro caminar; poco espacio queda para desconfiar de la victoria final, aún con todas las derrotas y amarguras que han de herirnos. Poco espacio queda para justificar la inacción, el no avanzar, el no decidir, el no luchar, cada día y en el menor de los actos de gentileza y de entrega, por llevar a cabo aquella historia, nuestra historia, que será enormemente bella si la vivimos con todo el amor de que nos llene nuestro Padre. Y esas luchas serán cada paso de la marcha, cuerpo a tierra o a paso redoblado, que emprenderemos hacia nuestra patria, eterna y celestial.

 Poco, muy poco espacio queda, para no dejar atrás todos nuestros temores, y nuestras comodidades, y seguir a nuestro grandioso y eterno Capitán, aún cuando no sepamos exactamente por dónde ha de llevarnos, aún sin comodidad, aún “sin madrigueras como los zorros, sin nido como las aves del cielo” (Mateo 8, 20). Poco espacio queda para no confiar ciegamente en nuestro Rey, el mismo que por ventura nos ha elegido para ser parte de las filas de la más gloriosa hueste que jamás cantó ningún trovador.

Atentamente,

Don Gamyi

Referencias bibliográficas:

“Las Crónicas de Narnia: El Príncipe Caspian”, C.S. Lewis, 2003

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Una respuesta

  1. Alfredo dice:

    Excelente, muchísimas gracias.

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