Artículos de la Academia

Al Heredero lo del Heredero…

“No voy a doblegarme ante alguien como él, último retoño de una casa arruinada que perdió hace tiempo todo señorío y dignidad” (Tolkien, 2003, 159-160)


Desde los tiempos de la Antigua Grecia, la tarea política (y me refiero a la tarea del gobernante) ha estado emparentada con la virtud de la justicia (dikaiosyne). En efecto, Aristóteles, el estagirita, nos enseña: “llamamos justo a lo que es de índole para producir y preservar la felicidad y sus elementos para la comunidad política” (Aristóteles, "Ética a Nicómaco", 1129b). “¿Justicia? ¿Qué es eso?” estarán preguntándose ustedes. Y no los culpo. Hace mucho que la justicia no se asoma por estos lares.

Sin embargo, pienso que siempre que haya héroes que comprendan la necesidad de instruirse en la materia política (no como lo entendemos ahora, sino más bien, como una de las disciplinas más nobles para el hombre) siempre quedará una luz, aun cuando las demás se hayan extinguido. Para aquellos héroes, confío en que este artículo les va a ser de interés –y espero también que de utilidad-.

“Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella” (Lucas 19, 41)


Pido que este gesto, expresado en trece simples palabras, me conmueva el alma, tanto a mí como a quienes leen este artículo, Lloremos, pues, por nuestra ciudad. Lamentémonos por nuestra Patria. Si has entrado a leer, mi única condición es que no quedes impasible ante tal escena.

Cómo bien empecé, dije que la política desde sus inicios se encuentra emparentada con la justicia. Es necesario, al parecer, que toda política real sea justa. Dar a cada uno lo que merece es la mayor virtud del gobernante, porque vela no por sí mismo ni por lo suyo, sino porque responde al bien del otro. Es grande, es honroso y es noble, porque proporciona, en palabras de Aristóteles, la felicidad de toda una comunidad. Por eso, para el filósofo, es ésta la virtud más perfecta de la tarea política.

Algunos, como el tan nombrado Maquiavelo, dirían: “la virtud nace de la ley, no del hombre”. Es decir, no existe virtud que surja de nosotros, la verdadera justicia tiene su origen en lo que el poder considere (en efecto, de ahí Maquiavelo fundamentará por qué un gobernante puede aplicar la justicia según le parezca a él, porque lo justo es lo que el poder concibe como tal, y no lo que es natural en el hombre). Aristóteles, por otro lado, nos enseñó que la justicia no es algo que establezca la ley o la fuerza, sino que es inherente a nuestro ser. Es algo natural. Es lo más lógico, ya que desde niños entendemos (y a la medida que crecemos perfeccionamos este juicio) que existen cosas que nos pertenecen por el derecho de ser nuestro, y cosas que no nos pertenecen por el hecho de ser de otros. Y cuando estamos más crecidos, comprendemos que hay actos que merecen mérito, y hay actos que merecen castigo. Y si notamos que se dicta una ley que no responde al bien de la comunidad (1), la juzgamos como indebida ¿Qué demuestra esto, sino que la justicia está ya impresa en nuestras almas? Maquiavelo no pudo ver más allá del pesimismo que lo llevó a creer que los hombres somos más malos que buenos.

Concluimos en que la virtud de la justicia es anterior a toda ley. Y es propio de un buen gobernante saber cuándo es justo aplicar la ley y cuándo no. Es propio de él visualizar cuando una ley no es justa para una comunidad. Por eso mismo, la justicia está relacionada con la prudencia (phrónesis).

¿Y cuál es el mayor acto de justicia que un gobierno puede efectuar? No me pregunten a mí, pregúntenle a aquél Creador de Mundos.

No pude evitar notar, en las últimas publicaciones que el estimado Señor Bombadil, a aquél grupo que se indignó, rompiendo sus vestiduras cual Sumo Sacerdote, por haber relacionado a Tolkien con una cuestión política. Eso es, claramente, poseer una visión un tanto limitada de la obra de este señor. “¡No hay que buscar comparaciones políticas en El Señor de los Anillos!”, “Mantengan alejado los asuntos políticos de la fantasía”. No es exactamente lo que dijeron, pero es lo que expresaron. Hay que prestar un poco más de atención, para ver como Tolkien deja bien en claro cierta noción política en su obra (2).

Repasemos un poco la Trilogía, específicamente la tercera parte: Gandalf, acompañado por el despistado pero valiente Pippin, parte de urgencia a las tierras de Gondor. Cuando llega a la imponente ciudad de Minas Tirith, lo primero que hace es solicitar ver a Denethor, hijo de Ecthelion, senescal de Gondor. Recordemos que el trono se encontraba vacío hasta que el legítimo heredero reclamase su lugar. Por mientras, el reino estaba bajo el poder del senescal.

Cuando Denethor hace su aparición, logra vislumbrarse cierto orgullo en sus palabras. Pero dentro de todo, guarda cierta luz racional en sus actos… al menos hasta la mitad del libro. En el momento en que percibe la inmensidad del poder enemigo, Denethor refleja su verdadera demencia interna.

Es más que evidente. El senescal de Gondor es un hombre soberbio, megalómano, y sumido en la desesperación. El doctor Jorge Ferro lo explica con lujo y detalles: “Es un senescal, un mayordomo. Está llamado, antes que cualquier otro, a reconocer a su rey y entregarle su heredad; justamente lo que no quiere hacer”. (Ferro, 2012, p. 158). Detengámonos un momento acá para rescatar esa curiosa expresión. “Está llamado, antes que cualquier otro”. He aquí, amigos, el deber de todo dirigente político. El gobernante, sea del sistema político que sea, desde monarquía hasta democracia, está llamado a ser justo, por no decir el más justo de todos los ciudadanos.

El día en que el heredero de Isildur cruzara la Séptima Puerta, reclamaría lo que era suyo por derecho, y el senescal se vería obligado a reconocer ese derecho ¿Qué es lo justo sino dar a cada quién lo que merece? A Denethor no solo se le exigía aplicar justicia sobre los habitantes, sino ser justo frente a lo que le era propio a Aragorn.

En pocas palabras, su deber era conservar el reino, mientras todos esperaban la llegada del rey. Y es difícil, casi imposible, oh amigos, no pensar en la Cruz cuando examinamos todo esto. Les confieso que la idea de este artículo pulula en mi cabeza desde hace más o menos un mes. Más exactamente desde que aquél Evangelio del día agitó mis sentidos:


“Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22, 21)


Otro acto de justicia reflejado en estas palabras ¿Y qué es, por cierto, lo que es de Dios? Pues, todo lo que existe. “Nos has hecho, Señor, para Ti” (San Agustín, 1997, p. 29). Respetando el orden del tiempo y del espíritu, todo lo que hay, debe ser llevado a los pies del Padre.

Eso, claramente, incluye a la autoridad. “Al César lo que es del César”. Todo gobierno legítimo se fundamenta en la máxima autoridad, la de Dios, que es fuente de toda justicia. Ante esto, el hombre está obligado a obedecer al gobierno civil. Pero además este gobierno, este César, debe entender que ni siquiera su autoridad le pertenece sino que le pertenece a Dios. De ese modo, toda política, toda nación, todo reino, no es del senescal, sino del legítimo rey.

Si lo tomamos así, Denethor representa al César, y por tanto, la autoridad civil. Y Aragorn, figura de Jesucristo -Dios hecho hombre- es la autoridad divina, a quien toda rodilla debe doblegarse. Al César lo que es de él sí, pero hasta el César está obligado a responder ante el Padre.

Nuestros espíritus son carcomidos por la confusión frente a todo esto ¿Es que acaso Dios da la autoridad a nuestros gobiernos para ser portavoces de las más injustas leyes, como las que atentan contra la vida? El problema está cuando nuestros presidentes, nuestros políticos, olvidan esta realidad natural y sobrenatural. El conflicto nació cuando en algún punto de la historia, el César se olvidó de dar a Dios lo que es de Dios. Cuando dejó a un lado el acto más justo que un gobernante debe llevar a cabo. Fue cuando el senescal olvidó que su tarea es conservar el reino de ese heredero que ha de volver.

Y acá, amigos, el gobierno se ha vuelto totalmente ilegítimo. La autoridad civil ya no es digna de ser respondida por los hombres.

Recordemos a Denethor, totalmente negado a devolver el trono a Aragorn. “No voy a doblegarme ante alguien como él” (Tolkien, 2003, p.159). Sus palabras resuenan oscuramente como aquél “Non Serviam” de Lucifer. Las consecuencias del senescal fueron trágicas, sucumbiendo ante la desesperación y el fuego de la hoguera. Desesperación que emerge de aquella noción de saberse alejado de Dios, de saberse alejado de eso a lo que estabas llamado.

Sin nada que envidiar a los estudiosos de las Sagradas Escrituras, Tolkien nos revela el destino de aquellos poderosos que pecan de injustos. Pero también nos deja, como siempre, una pizca de luz, aun cuando las demás se han extinguido. Porque cuando la guerra, y el poder enemigo nos lleva a perder la esperanza, retorna el Verdadero Rey, con el cual vencemos y sin el cual nada somos, a reclamar lo que le pertenece por justo designio.

No olvidemos de lamentarnos por nuestra Patria. Pero tampoco olvidemos que aquél Heredero volverá, tarde o temprano y, haciendo uso de su justicia, dará a cada uno lo que se merece. Ahí, amigos, reside la esperanza.

El Juglar Prieto.

Correo Electrónico: juglarprieto@srbombadil.com

Bibliografía

- AGUSTÍN, S. Confesiones. Libro I. Colección Grandes Obras del Pensamiento. Editorial Altaya, 1997.

- ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco. Libro V. Editorial Gredos. Madrid, 2019.

- FERRO, Jorge. Leyendo a Tolkien. Editorial Vórtice. Buenos Aires, 2012.

- GARCÉS GIRALDO, Luis Fernando, GIRALDO ZULUAGA, Conrado. La justicia aristotélica: virtud moral para el discernimiento de lo justo. Indivisa, Bol. Estud. Invest., 2014, nº 14, pp. 44-52.

- TOLKIEN, John Ronald Reuel. El Señor de los Anillos III: El Retorno del Rey. Editorial Minotauro. Buenos Aires, 2003.

NOTAS AL PIE DE PÁGINA:
(1) Aquello que Aristóteles y Santo Tomás conocieron como el Bien Común.
(2) Además, habremos de ser un poco ingenuos si creemos que una persona tan inteligente como el escritor de El Señor de los Anillos, prescindiría tratar de asuntos políticos y desarrollaría su obra como una mera fantasía superficial.

PEREGRINO GRIS

Aragorn y la (In)mortalidad esperanzada

SR BOMBADIL

¡Una luz cuando todas las otras luces se hayan extinguido!